23 de abril de 1616: Cervantes o el sentido de todo esto

En la vida hay esfuerzos que se sostienen por un objetivo concreto, tangible y medible, como aprobar un examen o conseguir una plaza en la función pública. Y hay otros que exigen algo más difícil de mantener en el tiempo: el sentido. No el resultado, sino la razón profunda por la que ese resultado merece la pena, incluso cuando tarda en llegar, incluso cuando se retrasa más de lo previsto, incluso cuando durante largos periodos no parece acercarse en absoluto.

El 23 de abril de 1616 murió Miguel de Cervantes. No lo hizo rodeado del reconocimiento que hoy le atribuimos, ni con la conciencia de haber escrito una de las obras más influyentes de la historia de la literatura. Murió, en realidad, en una situación modesta, con una vida atravesada por dificultades económicas, episodios de inestabilidad (cárcel incluida) y una trayectoria en la que el éxito fue irregular, tardío y, en muchos momentos, directamente inexistente. Y, sin embargo, escribió.

No escribió porque el contexto fuera favorable. No escribió porque tuviera garantías de éxito. No escribió porque alguien le prometiera reconocimiento. Escribió porque había algo previo a todo eso. Algo que no dependía del aplauso, ni de la fama, ni de la recompensa inmediata. Una forma de convicción que no se somete a resultados a corto plazo. Ese es el punto verdaderamente sugestivo cuando se traslada a las oposiciones.

Porque en las oposiciones, con frecuencia, todo se reduce al resultado. Aprobar o no aprobar. Tener plaza o no tenerla. Pasar el corte o quedarse fuera. Y esa lógica, siendo inevitable, es también profundamente insuficiente para sostener el proceso cuando este se alarga, cuando aparecen los primeros tropiezos o cuando el progreso deja de ser evidente.

El opositor que estudia únicamente para aprobar se coloca en una posición frágil. Depende demasiado de que el resultado llegue pronto. Necesita señales constantes de que va por buen camino. Y cuando esas señales no aparecen, cuando el resultado se retrasa o simplemente no llega, emerge la duda. No una duda superficial, sino una duda estructural: si merece la pena, si está bien planteado, si todo ese esfuerzo tiene sentido.

Ahí es donde muchos se rompen. No por falta de capacidad, ni siquiera por falta de trabajo, sino por falta de algo mucho más difícil de construir: un sentido que no dependa del resultado inmediato.

Cervantes escribió sin garantías de ser leído, comprendido o valorado. Escribió sin saber si su obra tendría recorrido, sin la seguridad de que aquello en lo que invertía su tiempo y su esfuerzo tendría algún tipo de retorno. Y, aun así, persistió. No por ingenuidad, sino porque su motivación no estaba subordinada al resultado.

En una oposición, esa misma idea adopta una forma distinta, pero igual de exigente. No se trata de escribir una obra, sino de construir una forma de pensar. De entender el Derecho más allá de su literalidad. De interiorizar sus estructuras, sus principios, sus relaciones internas. De desarrollar criterio. De dejar de depender del texto para empezar a operar con él. Y ese proceso no siempre ofrece recompensas inmediatas.

De hecho, muchas veces ocurre lo contrario. Durante semanas o meses, el avance es poco visible. Se trabaja, se estudia, se repite, y sin embargo no hay una sensación clara de progreso. Es en ese punto donde la mayoría necesita resultados para seguir. Y es en ese mismo punto donde se produce la diferencia.

Reducir todo el proceso al resultado tiene un coste. Hace que cada error pese más de lo que debería. Que cada mal día parezca un retroceso definitivo. Que cada examen fallido se viva como una señal de que todo el camino ha sido inútil.

En cambio, cuando se comprende que el proceso tiene valor en sí mismo, el marco cambia. El error deja de ser un problema estructural y pasa a ser una parte necesaria del aprendizaje. El tiempo invertido deja de ser una apuesta incierta y se convierte en una construcción acumulativa.

Cervantes no escribió solo para su tiempo, aunque probablemente no sabía que estaba escribiendo para todos los tiempos. El opositor tampoco sabe cuándo llegará su resultado, ni en qué condiciones, ni en qué intento. Pero sí puede decidir qué está construyendo mientras tanto. Y esa decisión es clave.

Porque el verdadero riesgo no es no aprobar a la primera (spoiler: esto sucede mucho). El verdadero riesgo es no haber construido nada más allá del intento. Haber acumulado horas sin haber generado estructura. Haber repetido sin haber comprendido. Haber estudiado sin haber interiorizado. Eso sí es una pérdida real.

En última instancia, una oposición no es únicamente un proceso selectivo orientado a discriminar candidatos. Es, sobre todo, un proceso de transformación. Cambia la forma de estudiar, de pensar, de organizar la información, de enfrentarse a la dificultad y de sostener el esfuerzo en el tiempo. Cambia a la persona por encima de todo.

La plaza importa. Evidentemente importa. Pero lo que te convierte en alguien capaz de conseguirla -y, sobre todo, de ejercer después con solvencia- importa más. Porque el resultado llega un día. Pero lo que has construido para llegar hasta él, eso se queda.

Y ese, exactamente ese, es el verdadero sentido de todo esto.

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