En el año 313, los emperadores Constantino y Licinio promulgaron el llamado Edicto de Milán, una decisión que cambiaría profundamente la historia de Europa.
Hasta entonces, los cristianos habían sufrido periodos de persecución dentro del Imperio romano. Su religión era vista con recelo por las autoridades y, en ocasiones, practicarla podía tener consecuencias muy graves.
El Edicto de Milán puso fin a esa situación. Por primera vez se reconocía la libertad de culto dentro del Imperio y se permitía a los ciudadanos profesar la religión que considerasen adecuada.
No convirtió al cristianismo en religión oficial, pero sí estableció un principio revolucionario para la época: el Estado no debía perseguir a una persona por sus creencias religiosas.
Aquella decisión abrió el camino a transformaciones políticas, sociales y culturales que marcarían el futuro de Occidente.
Convencer es mejor que imponer
Uno de los errores más habituales en una oposición es obsesionarse con los resultados inmediatos.
Queremos dominar un tema en una tarde. Queremos memorizar una ley en una semana. Queremos obtener mejoras espectaculares de un día para otro.
La historia rara vez funciona así.
El Edicto de Milán no transformó el Imperio romano de la noche a la mañana. Lo que hizo fue crear las condiciones necesarias para que el cambio pudiera producirse.
Con el estudio sucede algo parecido.
Los avances más sólidos suelen ser graduales. Se construyen tema a tema, repaso a repaso y semana tras semana.
La constancia convence donde la fuerza fracasa.
El opositor que persevera acaba logrando resultados que parecen imposibles para quien solo busca soluciones rápidas.
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