Hay una palabra que aparece en todas las conversaciones sobre oposiciones y que, curiosamente, casi siempre se utiliza para explicar los resultados de los demás.
Esa palabra es suerte.
Cuando alguien aprueba, siempre aparece quien atribuye una parte del mérito a la suerte. Cuando alguien suspende por poco, también se habla de mala suerte. Y, sin embargo, pocas palabras generan tanta confusión.
Porque la suerte existe. Negarlo sería absurdo. Pero también es cierto que su importancia suele exagerarse mucho más de lo razonable.
La oposición enseña una lección incómoda: la suerte influye, pero rara vez decide por sí sola.
1. La suerte es el viento; la preparación es la vela.
Un barco no controla el viento. Nunca podrá decidir desde dónde sopla ni con qué intensidad. Sin embargo, sí puede decidir cómo desplegar las velas y cómo aprovechar las condiciones que encuentra.
En oposición ocurre algo parecido. Nadie controla el número de plazas, las preguntas concretas del examen o el nivel de los competidores. Son factores externos que escapan completamente a la voluntad del opositor. Pero sí puede controlar su preparación, su estrategia y su capacidad de respuesta. Cuando llega una buena racha de viento, los barcos preparados avanzan mucho más deprisa que los demás. Y cuando llega una mala, suelen resistir mejor.
Por eso la suerte favorece con frecuencia a quienes llevan años preparándose para aprovecharla.
2. Muchos opositores llaman suerte a lo que no han visto construirse.
Cuando alguien observa únicamente el resultado final, resulta fácil simplificar la historia. Ve una nota brillante, una plaza conseguida o un examen excelente y concluye que hubo suerte de por medio.
Lo que no ve son los cientos de madrugones, los repasos acumulados, los simulacros realizados y los errores corregidos durante años. La preparación suele ser invisible. La suerte, en cambio, resulta muy visible porque ofrece una explicación rápida y sencilla.
Sin embargo, cuanto más se analiza cualquier aprobado sólido, más difícil resulta atribuirlo exclusivamente al azar. La suerte puede abrir una puerta. Pero alguien tiene que estar preparado para cruzarla cuando aparezca.
3. La mala suerte suele doler más que la buena suerte alegra.
Existe una característica curiosa en la psicología humana: tendemos a recordar mucho más intensamente los acontecimientos negativos que los positivos. Por eso un opositor puede olvidar rápidamente una pregunta que cayó exactamente de su tema fuerte y, sin embargo, recordar durante años aquella otra que apareció precisamente del bloque que menos dominaba.
La mente funciona así. Amplifica los golpes y minimiza los regalos. El problema es que esta tendencia genera una visión distorsionada del proceso. El opositor acaba convencido de que siempre le perjudica la suerte, cuando en realidad ha recibido tanto episodios favorables como desfavorables. Simplemente recuerda mejor los segundos.
4. La suerte visita a todos; la diferencia está en quién sabe aprovecharla.
A lo largo de una oposición aparecen pequeñas oportunidades constantemente. Un examen especialmente favorable. Una convocatoria con más plazas. Una pregunta que coincide exactamente con algo repasado la semana anterior. Una modificación normativa conocida a tiempo.
Estas oportunidades no son exclusivas de nadie. Aparecen para todos en mayor o menor medida. La diferencia está en la capacidad para convertirlas en resultados. Porque una ventaja solo tiene valor cuando existe la preparación suficiente para aprovecharla.
La suerte entrega ocasiones. La preparación las transforma en éxitos.
5. Quien depende de la suerte suele acabar dependiendo de las excusas.
Existe una consecuencia peligrosa de atribuir demasiada importancia al azar. Si todo depende de la suerte, entonces el esfuerzo pierde protagonismo. Y cuando el esfuerzo pierde protagonismo, también desaparece gran parte de la responsabilidad personal.
Resulta mucho más cómodo pensar que un suspenso se explica únicamente por circunstancias externas que analizar con honestidad los propios errores. Pero esa comodidad tiene un precio muy alto: impide aprender. El opositor que culpa siempre a la suerte termina perdiendo la única herramienta que realmente puede controlar: su propia mejora.
Epílogo
La suerte existe. Sería ingenuo negarlo.
Pero la oposición demuestra una y otra vez que el azar suele comportarse de forma muy curiosa: parece visitar con más frecuencia a quienes llevan años estudiando, repasando y preparándose para recibirlo.
Quizá porque la suerte, por sí sola, rara vez construye una plaza.
Puede abrir una puerta.
Puede facilitar un camino.
Puede acelerar un resultado.
Pero quien termina atravesando esa puerta casi siempre es alguien que llevaba mucho tiempo caminando hacia ella.