Greguerías del Opositor (XXXIV): cinco metáforas breves para entender la oposición

Hay pocas costumbres tan perjudiciales y tan extendidas entre los opositores como la comparación.

Se compara el número de temas estudiados. Se comparan las notas de los simulacros. Se comparan las horas de estudio. Se comparan los repasos. Se comparan las convocatorias aprobadas y las suspendidas.

Y lo más curioso es que casi nadie sale beneficiado de ese ejercicio.

Porque la comparación rara vez aporta claridad. Lo que suele aportar es ansiedad.

1. Compararte con otros opositores es correr mirando por el retrovisor.

Imagina a un corredor que intenta completar una maratón observando constantemente lo que ocurre detrás de él. Puede hacerlo durante algunos metros, pero tarde o temprano acabará tropezando.

La oposición funciona igual.

El opositor que vive pendiente de los demás deja de prestar atención a lo único verdaderamente importante: su propio progreso. Mientras analiza lo que otros estudian, lo que otros saben o lo que otros consiguen, deja de analizar lo que él necesita mejorar.

Y en una carrera tan larga, perder el foco suele ser mucho más peligroso que ir más despacio.

2. El opositor siempre conoce las fortalezas ajenas y las debilidades propias.

La comparación tiene una característica profundamente injusta.

Cuando observamos a otros opositores solemos fijarnos en aquello que hacen mejor que nosotros. Vemos al que canta mejor, al que memoriza más rápido o al que obtiene mejores resultados en los test.

Sin embargo, cuando nos observamos a nosotros mismos hacemos exactamente lo contrario. Prestamos atención a nuestros errores, nuestras lagunas y nuestras inseguridades.

Al final terminamos comparando las mejores versiones de los demás con nuestras peores percepciones. Y esa competición nunca puede resultar equilibrada.

3. Cada opositor corre una carrera distinta.

Dos personas pueden estar preparando exactamente la misma oposición y, sin embargo, vivir realidades completamente diferentes.

Uno estudia ocho horas al día. Otro compatibiliza trabajo y estudio. Uno lleva años preparando. Otro acaba de empezar. Uno dispone de apoyo familiar. Otro afronta el proceso prácticamente solo.

Por eso muchas comparaciones carecen de sentido.

Se comparan resultados sin comparar circunstancias. Se comparan ritmos sin comparar condiciones. Se comparan avances sin comparar puntos de partida.

Y cuando se ignora el contexto, cualquier comparación termina siendo engañosa.

4. La comparación convierte los logros en insuficiencias.

Existe un fenómeno curioso que aparece con frecuencia en oposición.

Un opositor mejora notablemente sus resultados, consolida temas complejos o supera una prueba importante. Durante unos minutos se siente satisfecho. Pero entonces escucha que otro ha obtenido una nota mejor o que otro lleva más temas preparados.

Y de repente aquello que era un avance se transforma en una decepción.

La comparación tiene esa capacidad destructiva: roba valor a los progresos reales sustituyéndolos por referencias externas que nunca terminan de alcanzarse.

Por eso quien vive comparándose rara vez disfruta del camino.

Siempre encuentra alguien que parece ir por delante.

5. La única comparación útil es la que haces contigo mismo.

Existe una forma de comparación que sí resulta valiosa.

No consiste en mirar al compañero que está a tu lado.

Consiste en mirar al opositor que eras hace seis meses.

¿Recuerdas más?

¿Comprendes mejor el temario?

¿Respondes con mayor precisión?

¿Gestionas mejor los nervios?

Si la respuesta es afirmativa, entonces existe progreso. Y ese progreso tiene mucho más valor que cualquier posición relativa respecto a otras personas.

Porque al final no compites contra todos los opositores del país.

Compites contra la versión de ti mismo que empezó este camino.

Epílogo

La comparación es uno de los grandes ladrones silenciosos de la oposición.

Roba confianza.

Roba serenidad.

Y muchas veces roba incluso la capacidad de valorar los avances propios.

Por eso los opositores más sólidos suelen desarrollar una habilidad poco llamativa pero extraordinariamente útil: aprender a mirar menos a los demás y más a sí mismos.

Porque el camino ya es suficientemente difícil sin cargar además con las expectativas, los resultados y las apariencias del resto.

Y porque, al final, la plaza no se consigue siendo mejor que todo el mundo.

Se consigue llegando a ser mejor de lo que uno era cuando empezó.

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