Hay una idea que se repite todos los años cuando llega el mes de julio: «En septiembre volveré a ponerme en serio». Es una frase aparentemente inocente, pero detrás de ella se esconden miles de opositores que, sin darse cuenta, pierden dos de los meses más importantes del año. El verano tiene fama de ser una época improductiva, de descanso, de desconexión y de vacaciones. Y, en parte, es cierto. El cuerpo pide otro ritmo, las horas de calor hacen más difícil concentrarse y el entorno invita constantemente a hacer cualquier cosa menos sentarse delante del temario. Sin embargo, precisamente porque estudiar en verano resulta tan incómodo, quien consigue mantener una mínima constancia obtiene una ventaja enorme sobre la mayoría. Las oposiciones no se ganan únicamente por inteligencia o por memoria. Se ganan, sobre todo, porque hay personas capaces de seguir avanzando cuando el resto decide parar.
Si preguntas a cualquier opositor que haya conseguido plaza cuál fue el momento más duro de su preparación, probablemente no te responderá que fue un día concreto de invierno o una semana especialmente complicada. Lo más habitual es que recuerde varios veranos. Recordará esos días en los que todos sus amigos estaban organizando viajes mientras él preparaba un caso práctico. Recordará las tardes en las que el aire acondicionado parecía no ser suficiente para combatir el calor y aun así seguía repasando legislación. Recordará las noches de julio en las que cerraba el libro con la sensación de no haber rendido como quería. Y, sin embargo, cuando años después mira atrás, descubre que aquellos meses marcaron una diferencia enorme. Lo que en ese momento parecía un pequeño esfuerzo terminó convirtiéndose en una ventaja acumulada que acabó reflejándose en el examen.
Existe un error muy frecuente entre quienes empiezan a opositar y consiste en pensar que el verano debe ser un periodo de productividad extrema. Como disponen de más tiempo libre, se fijan objetivos completamente irreales: estudiar diez horas al día, terminar quince temas en un mes o hacer cientos de test cada semana. El problema es que esos planes suelen durar muy poco. Bastan dos o tres días especialmente calurosos o una pequeña salida con la familia para sentir que el plan ya está roto y abandonar por completo la rutina. Lo inteligente no es convertir julio en un mes de castigo. Lo inteligente es diseñar una rutina que puedas cumplir incluso cuando las condiciones no sean perfectas. Una oposición no la aprueba quien hace el mejor día de estudio de su vida. La aprueba quien consigue estudiar también los días normales, los días mediocres y los días en los que simplemente no tiene ganas.
Hay algo que muchos opositores olvidan y es que el calor afecta absolutamente a todo el mundo. Disminuye la capacidad de concentración, aumenta la fatiga mental, altera el sueño y hace mucho más difícil mantener un rendimiento constante durante varias horas. Cuando una persona siente que en verano estudia peor, suele pensar que ha perdido disciplina o que se está volviendo más perezosa. En realidad, lo que ocurre es mucho más sencillo: está luchando contra unas condiciones objetivamente peores. La solución no consiste en exigirse todavía más. Consiste en adaptar la estrategia. Madrugar un poco más para aprovechar las primeras horas del día, reservar las tareas más exigentes para la mañana, utilizar la tarde para hacer test o repasos, hidratarse bien y aceptar que quizá el rendimiento no sea exactamente igual que en noviembre. Adaptarse al verano no significa rendirse ante él; significa utilizar la inteligencia antes que la fuerza.
Otro de los grandes enemigos del opositor durante estos meses es la comparación constante. Basta abrir cualquier red social para encontrar fotografías de playas, montañas, festivales, cenas al aire libre o viajes por medio mundo. Es fácil caer en la sensación de que todo el mundo está disfrutando mientras tú permaneces encerrado estudiando leyes, procedimientos administrativos o supuestos prácticos. Sin embargo, esa comparación parte de una realidad completamente falsa. Las redes sociales muestran únicamente unos pocos minutos cuidadosamente seleccionados de la vida de los demás. Nadie publica el estrés de volver al trabajo en septiembre, la incertidumbre laboral, los contratos temporales o la preocupación por el futuro. Tú, en cambio, sí conoces perfectamente el motivo por el que estás estudiando. Estás renunciando a una parte del presente para construir un futuro mucho más estable. Y eso es algo que difícilmente puede apreciarse en una fotografía de Instagram.
Resulta curioso observar cómo muchos opositores consideran perdido un verano entero simplemente porque no han podido cumplir el plan perfecto que habían diseñado en junio. Creen que, si no estudian ocho horas diarias, ya no merece la pena seguir intentándolo. Esa mentalidad es profundamente equivocada. Imagina dos opositores. El primero estudia diez horas durante cuatro días seguidos y después desaparece dos semanas porque necesita descansar. El segundo estudia tres horas cada mañana, prácticamente todos los días, sin grandes gestas ni jornadas heroicas. ¿Cuál llegará mejor preparado al examen? La experiencia demuestra que casi siempre vence el segundo. La memoria necesita repetición, continuidad y reactivaciones constantes. No necesita explosiones esporádicas de esfuerzo seguidas de largos periodos de abandono. En una oposición, la regularidad tiene mucho más valor que la intensidad.
El verano ofrece además una oportunidad que muchas veces pasa desapercibida: consolidar todo lo aprendido durante el resto del año. Existe una obsesión permanente por avanzar materia nueva, como si el éxito dependiera únicamente del número de temas estudiados. Sin embargo, cualquier opositor con experiencia sabe que una parte muy importante del aprobado consiste en no olvidar lo que ya se ha estudiado. Julio y agosto son meses excelentes para realizar vueltas completas al temario, actualizar esquemas, perfeccionar resúmenes, detectar lagunas, resolver cientos de preguntas tipo test y afianzar conocimientos que quizá se estudiaron deprisa durante el invierno. Es mucho más rentable llegar a septiembre dominando cuarenta temas que haber leído superficialmente sesenta.
También conviene hablar del descanso, porque existe una idea equivocada según la cual un buen opositor es aquel que no descansa nunca. Nada más lejos de la realidad. El descanso forma parte del estudio. El cerebro necesita recuperar energía, consolidar recuerdos y reducir la fatiga acumulada. El problema nunca ha sido descansar. El problema aparece cuando el descanso se convierte en abandono. Ir una tarde a la piscina, hacer una excursión de fin de semana, viajar unos días con la familia o cenar con amigos no perjudica una oposición. De hecho, puede ayudar a mantener el equilibrio psicológico durante muchos meses. Lo realmente peligroso es romper completamente la rutina. Porque cuando pasan dos, tres o cuatro semanas sin abrir el temario, volver cuesta muchísimo más de lo que imaginamos. La sensación de empezar otra vez desde cero resulta desesperante y hace que muchas personas abandonen definitivamente.
Una de las mayores ventajas del verano es que, al reducirse parte de las obligaciones habituales, el opositor puede dedicar tiempo a aspectos que durante el resto del año suelen quedar olvidados. Es un momento excelente para revisar técnicas de estudio, reorganizar la planificación, mejorar los esquemas, preparar material para los meses siguientes o analizar objetivamente qué está funcionando y qué necesita cambiar. Muchos aprobados cuentan que algunos de los avances más importantes de su preparación no consistieron en estudiar más horas, sino en estudiar mejor. A veces basta una pequeña mejora en la organización para ahorrar decenas de horas durante el resto del año.
Hay una frase que merece la pena recordar siempre que aparezca la tentación de dejar el estudio hasta septiembre: septiembre no empieza el uno de septiembre. Septiembre empieza con lo que hayas hecho en julio y agosto. Cuando llegan esas primeras semanas tras las vacaciones, la diferencia entre unos opositores y otros resulta enorme. Mientras unos necesitan varias semanas para recuperar el hábito, recordar los temas y volver a concentrarse, otros simplemente continúan donde lo dejaron porque nunca abandonaron del todo. Esa ventaja inicial puede parecer pequeña, pero se va acumulando semana tras semana hasta convertirse en varios meses de diferencia cuando finalmente se publica la convocatoria o llega la fecha del examen.
Es probable que durante el verano tengas días malos. Habrá mañanas en las que el calor resulte insoportable, tardes en las que no consigas memorizar un solo artículo y momentos en los que te preguntes si realmente merece la pena tanto esfuerzo. Todos los opositores que han aprobado han pasado por situaciones parecidas. La diferencia nunca estuvo en que ellos fueran más fuertes o estuvieran siempre motivados. La diferencia estuvo en que entendieron algo fundamental: la motivación es un sentimiento pasajero, mientras que la disciplina puede mantenerse incluso cuando la motivación desaparece. Hay días en los que estudiarás porque te apetece. Pero habrá muchos otros en los que estudiarás simplemente porque sabes que es lo correcto.
Dentro de unos años probablemente no recuerdes qué temperatura hizo un martes cualquiera del mes de julio. Tampoco recordarás cuántas veces rechazaste un plan con amigos o cuántas tardes preferiste quedarte en casa repasando. Lo que sí recordarás será el momento en el que aparezca tu nombre en la lista de aprobados. Recordarás la llamada a tu familia, el abrazo con las personas que te acompañaron durante el proceso y la tranquilidad de saber que todo aquel esfuerzo había merecido la pena. En ese instante comprenderás que ninguno de aquellos veranos fue un tiempo perdido. Al contrario. Fueron la inversión que hizo posible el resto de tu vida profesional.
Si este verano estás preparando una oposición, intenta cambiar la forma de verlo. No pienses que estás renunciando a unas vacaciones. Piensa que estás construyendo algo que puede acompañarte durante los próximos treinta o cuarenta años. Muy pocas decisiones tienen un impacto tan grande sobre el futuro como conseguir una plaza. Estabilidad, conciliación, seguridad económica, desarrollo profesional y la posibilidad de planificar tu vida con tranquilidad son recompensas que duran mucho más que cualquier viaje de una semana.
Julio y agosto pasarán exactamente igual estudies o no estudies. El calendario no se detendrá esperando a que encuentres el momento perfecto para empezar. La única diferencia estará en quién serás cuando llegue septiembre. Puedes volver con la sensación de haber perdido dos meses, teniendo que recuperar el ritmo desde cero, o puedes llegar sabiendo que, incluso en las semanas más difíciles del año, seguiste avanzando paso a paso. Porque las oposiciones no suelen decidirse en un día brillante. Se deciden en cientos de días aparentemente normales en los que alguien, a pesar del calor, del cansancio y de las dudas, decidió volver a abrir el temario una vez más.
Y quizá esa sea la verdadera diferencia entre quien finalmente consigue una plaza y quien se queda por el camino. No la inteligencia, no la suerte, ni siquiera la memoria. La diferencia está en ser capaz de hacer hoy lo que la mayoría pospone para mañana. También en verano.