El 13 de agosto de 1521 terminó el asedio de Tenochtitlán, la gran capital del Imperio azteca. Tras meses de combates, hambre, enfermedades y destrucción, las fuerzas dirigidas por Hernán Cortés lograron la rendición de la ciudad y la captura del emperador Cuauhtémoc.
Para comprender la magnitud de aquel acontecimiento conviene recordar qué representaba Tenochtitlán. Construida sobre islotes en el lago Texcoco, era una de las ciudades más impresionantes del mundo de su tiempo. Sus avenidas, mercados, templos y sistemas hidráulicos sorprendieron profundamente a los europeos que la contemplaron por primera vez. Mientras muchas ciudades europeas apenas comenzaban a crecer, Tenochtitlán albergaba a cientos de miles de habitantes y constituía el centro político, militar y religioso de una civilización poderosa.
La caída de la ciudad marcó el final efectivo del Imperio azteca y abrió una nueva etapa en la historia de América. A partir de entonces se inició un profundo proceso de transformación política, cultural, religiosa y social cuyas consecuencias todavía son visibles cinco siglos después.
Más allá de las controversias históricas que siguen rodeando la conquista, existe una realidad indiscutible: aquel 13 de agosto desapareció un mundo y comenzó otro. La historia, una vez más, demostraba que ninguna estructura humana es permanente.
No existe una posición inexpugnable
Cuando un opositor contempla determinados exámenes, determinadas administraciones o determinados porcentajes de aprobados, es fácil caer en una sensación de impotencia. Algunos procesos selectivos parecen auténticas fortalezas imposibles de conquistar.
Sin embargo, la historia ofrece una perspectiva diferente.
Tenochtitlán era una de las ciudades más poderosas del continente americano. Sus dirigentes jamás habrían imaginado que unas décadas antes de la llegada de los españoles su imperio terminaría desapareciendo. Sin embargo, los acontecimientos demostraron que ninguna posición es completamente segura y que ninguna dificultad es absolutamente insuperable.
Las oposiciones funcionan de forma parecida. Lo que hoy parece inalcanzable puede convertirse mañana en una realidad. El opositor que ahora admira desde lejos a quienes han conseguido plaza puede encontrarse dentro de unos años ocupando exactamente la misma posición.
Por eso conviene desconfiar de las etiquetas que utilizamos para describir nuestros objetivos. «Imposible», «inalcanzable» o «demasiado difícil» son palabras que la historia se ha encargado de desmentir en innumerables ocasiones.
La caída de Tenochtitlán recuerda precisamente eso: ninguna fortaleza es eterna y ningún desafío debe considerarse perdido antes de tiempo.
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