La madrugada del 13 de agosto de 1961, las autoridades de Alemania Oriental comenzaron a levantar una barrera que acabaría convirtiéndose en uno de los símbolos más reconocibles del siglo XX. Aquella estructura improvisada de alambradas y controles militares fue evolucionando con el tiempo hasta transformarse en el célebre Muro de Berlín.
La división de Alemania era una de las consecuencias más visibles de la Segunda Guerra Mundial. Berlín, situada dentro de la zona de influencia soviética, había quedado dividida entre las potencias vencedoras. Durante años, miles de ciudadanos abandonaron la Alemania Oriental para establecerse en la parte occidental de la ciudad, atraídos por unas condiciones económicas y políticas más favorables.
Para detener ese flujo migratorio, el régimen comunista decidió cerrar la frontera. Familias enteras quedaron separadas de un día para otro. Calles que durante décadas habían sido espacios de convivencia quedaron partidas por una barrera física. Durante casi treinta años, el muro simbolizó la división de Europa en dos bloques enfrentados.
Sin embargo, lo más interesante de esta historia es que el muro no fue únicamente una construcción de hormigón. Antes de existir físicamente, había existido como una barrera política, ideológica y mental.
Por eso su derribo en 1989 tuvo un significado mucho más profundo que la simple demolición de una infraestructura.
Los límites más difíciles suelen estar en la cabeza
Muchos opositores creen que sus mayores obstáculos son externos. El temario, la competencia, la falta de tiempo o la dificultad de los exámenes.
Y, sin duda, todos esos factores influyen.
Sin embargo, con frecuencia las barreras más importantes se encuentran en otro lugar: en nuestras propias creencias.
Las frases que nos repetimos constantemente terminan condicionando nuestro comportamiento. Cuando una persona se convence de que nunca aprobará, estudia de forma diferente. Cuando cree que un tema es imposible de dominar, suele rendirse antes de intentarlo seriamente. Cuando piensa que determinada plaza está reservada para otros, deja de actuar como alguien capaz de conseguirla.
El Muro de Berlín recuerda que las divisiones más resistentes no siempre son las físicas. Muchas veces son las que construimos dentro de nuestra propia mente.
Por eso una parte importante del éxito en las oposiciones consiste en identificar esos límites autoimpuestos y cuestionarlos. Porque, igual que ocurrió en Berlín, algunas barreras parecen permanentes hasta el día en que finalmente desaparecen.
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