El 20 de septiembre de 1920, mediante Real Decreto, nació oficialmente el Tercio de Extranjeros, conocido posteriormente como la Legión Española. Su principal impulsor fue José Millán-Astray, un militar convencido de que España necesitaba una unidad profesional especialmente preparada para afrontar los desafíos que planteaban las campañas del norte de África.
La situación militar española en Marruecos era compleja. Las operaciones exigían tropas experimentadas, disciplinadas y capaces de actuar en condiciones extremadamente difíciles. Inspirándose parcialmente en la Legión Extranjera francesa, Millán-Astray impulsó la creación de una fuerza que destacara por su preparación, su cohesión y su espíritu de sacrificio.
Desde sus primeros años, la Legión desarrolló una identidad propia muy marcada. Su credo, sus tradiciones y su cultura organizativa generaron un fuerte sentimiento de pertenencia entre sus miembros. A lo largo de las décadas siguientes participó en algunos de los episodios más relevantes de la historia militar española del siglo XX.
Más allá de cualquier valoración política, la Legión se convirtió en una de las instituciones militares más reconocibles de España. Conceptos como compañerismo, disciplina, lealtad y capacidad de sacrificio forman parte inseparable de su imagen pública.
Precisamente por ello, su historia resulta interesante incluso para quienes nunca han tenido relación con la vida militar.
La fuerza de pertenecer a algo grande
Uno de los desafíos más difíciles de una oposición es la soledad.
Durante meses o años, gran parte del esfuerzo se realiza lejos de los focos. No existen reconocimientos inmediatos. No existen resultados visibles todos los días. En ocasiones resulta fácil perder la motivación o preguntarse si el sacrificio merece realmente la pena.
Las organizaciones más sólidas suelen resolver ese problema generando un sentimiento de pertenencia. Sus miembros saben que forman parte de algo más grande que ellos mismos.
La Legión construyó precisamente ese tipo de identidad. Sus integrantes compartían valores, objetivos y una misión común.
El opositor también necesita desarrollar algo parecido. No basta con estudiar. Es importante recordar por qué se estudia. Recordar el proyecto profesional que existe detrás de cada tema, de cada repaso y de cada esfuerzo diario.
Cuando una persona conecta con un propósito más amplio, las dificultades se vuelven más llevaderas.
Y pocas cosas ayudan más a perseverar que saber exactamente para qué se está luchando.
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