20 de junio de 1789: el Juramento del Juego de Pelota y el poder de no rendirse

El 20 de junio de 1789 tuvo lugar uno de los episodios más simbólicos de la Revolución Francesa. Aquel día, los representantes del llamado Tercer Estado, reunidos en Versalles, encontraron cerrada la sala donde debían celebrar sus sesiones.

Lejos de dispersarse o aceptar la situación, se trasladaron a una pista cubierta destinada al juego de pelota, un antecedente del tenis moderno. Allí pronunciaron un compromiso que cambiaría la historia de Francia: no se separarían hasta dotar al país de una Constitución.

Aquella promesa pasó a la historia como el Juramento del Juego de Pelota.

Puede parecer un acontecimiento menor comparado con las grandes batallas o revoluciones que vendrían después. Sin embargo, muchos historiadores lo consideran uno de los momentos fundacionales de la democracia moderna. Por primera vez, los representantes de una nación afirmaban que su legitimidad no procedía únicamente del monarca, sino de la voluntad de los ciudadanos.

Aquel juramento no derribó gobiernos ni ganó guerras. Lo que hizo fue algo quizá más importante: expresar una determinación colectiva inquebrantable.

La Revolución Francesa aún tendría por delante años de conflictos, cambios políticos y episodios dramáticos. Pero el mensaje de aquel día ya había quedado claro: había personas dispuestas a perseverar hasta alcanzar su objetivo.

Lo que puede aprender un opositor

Las oposiciones no suelen fracasar por falta de inteligencia.

Tampoco suelen fracasar por falta de materiales, de esquemas o de recursos.

La causa más frecuente del fracaso suele ser otra: abandonar demasiado pronto.

Todo opositor atraviesa momentos de duda. Semanas en las que parece no avanzar. Exámenes que salen peor de lo esperado. Convocatorias que no llegan. Temas que se resisten una y otra vez.

En esos momentos aparece la tentación de abandonar.

Por eso el Juramento del Juego de Pelota sigue siendo tan actual más de dos siglos después. Porque representa una idea sencilla pero extraordinariamente poderosa: comprometerse con un objetivo antes de conocer el resultado.

Aquellos diputados no sabían si tendrían éxito. No sabían cuánto tiempo tardarían. No sabían qué obstáculos encontrarían por el camino.

Aun así, decidieron continuar.

El opositor tampoco puede controlar cuándo se convocará una plaza, qué preguntas aparecerán en el examen o cuántos aspirantes competirán. Lo único que puede controlar es su decisión de seguir adelante.

A veces la diferencia entre quien aprueba y quien no aprueba no está en la capacidad. Está en quién permaneció sentado en la mesa de estudio cuando otros ya se habían marchado.

El 20 de junio de 1789 no cambió el mundo por lo que consiguió aquel día. Lo cambió por la firmeza de quienes se negaron a abandonar.

Y esa sigue siendo una de las cualidades más valiosas para cualquier opositor.

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