13 de noviembre: cuando el Prestige nos recordó lo que significa servir

I. Cuando el mar se tiñó de negro

El 13 de noviembre de 2002, frente a las costas gallegas, el petrolero Prestige, un gigantesco buque monocasco (liberiano pero operado bajo bandera de Bahamas) lanzó una llamada de socorro.

Transportaba más de 70.000 toneladas de fuel pesado y sufría una grave avería en el casco.

El resto es historia: un temporal brutal, decisiones equivocadas y un cúmulo de circunstancias adicionales terminaron provocando que el buque vagase durante días, sin puerto que lo acogiera, hasta partirse en dos el 19 de noviembre, vertiendo al Atlántico una de las mayores mareas negras recordadas en Europa, afectando a las costas gallega, asturiana y cántabra, así como a Francia y Portugal. La peor parte se la llevó, sin duda, Galicia.

Las imágenes fueron apocalípticas: contaminación marina, entornos dañados, playas cubiertas de chapapote, aves marinas agonizando, voluntarios, los llamados “héroes del chapapote”, limpiando con sus propias manos lo que las instituciones no supieron gestionar a tiempo. Una vez más.

Y, mientras tanto, un país entero observaba, atónito y ojiplático, cómo la mancha del Prestige avanzaba más rápido que la respuesta pública.

II. Más allá del fuel: la crisis administrativa

El Prestige no solo fue una catástrofe ecológica y ambiental; fue una catástrofe política y administrativa.

Una sucesión infortunada de circunstancias desfavorables, decisiones tardías y equivocadas, órdenes contradictorias, falta de coordinación e (in)competencias cruzadas. El pandemónium.

Aquella tragedia mostró con crudeza lo que en los manuales de Derecho Administrativo se explica desde la óptica de la cooperación y coordinación administrativas y lo que en la realidad de su ausencia se traduce como caos político, jurídico, operativo y administrativo. Y después, lo de siempre en esta España nuestra: inoperancia y pusilanimidad de un lado, petición indisimulada de guillotinar cabezas, por el otro. Nada nuevo bajo el sol de las agredidas costas gallegas.

Porque cuando un barco se hunde, el papel deja de servir. Cuando el daño ambiental ya se ha producido, el resto importa poco. O nada.

Hace falta criterio.
Hace falta liderazgo.
Hace falta ,y esto los opositores lo sabéis mejor que nadie, ser funcionario (y, por tanto, funcionar) cuando nadie más sabe muy bien qué hacer. De eso se trata administrar, cuya raíz latina revela etimología y propósito: ad (hacia) ministrare (servir). Puede repetirse: servir.

III. La lección que dejó el chapapote

El Prestige fue también una prueba de fuego del servicio público y de la gestión administrativa.

Mientras los titulares buscaban culpables, cientos de técnicos, empleados públicos, personal de emergencias y seguridad, militares y especialistas trabajaron sin descanso: limpiando las costas, evaluando daños, redactando informes, diseñando protocolos. A ellos se sumó un colosal ejército civil de voluntarios con una generosidad, determinación y entrega que la Historia no debería olvidar. No todos los héroes llevan capa, pero ellos sí la llevaban: capas impermeables desechables, que junto a unas botas altas conformaban la indumentaria.

De aquella tragedia nacieron reformas, protocolos, nuevas canales de gestión de emergencias, análisis de responsabilidades de las Administraciones y una conciencia renovada del principio de precaución. La bronca política siguió su curso y el proceso judicial el suyo. En verdad, hubo dos procesos judiciales: uno en España y otro en el Reino Unido, con una decisión del Tribunal de Apelación de Londres de infausto recuerdo para España (“aquí paz y después gloria”, debieron pensar los responsables de las aseguradoras). El espinoso tema de las aseguradoras y de la decisión judicial británica darían, más que para un post, para un libro entero.

En España hubo varios imputados: tres por el lado del Barco (el capitán, el primer oficial y el jefe de máquinas) y uno por el lado administrativo: el entonces Director General de la Marina Mercante, denominación con la que todavía aparece en la legislación actual, el Real Decreto Legislativo 2/2011, de 5 de septiembre (Texto Refundido de la Ley de Puertos del Estado y de la Marina Mercante), uno de cuyos propósitos es la ordenación y regulación de la marina mercante (cfr. art. 1, apartados e), f) y g) del RDL 2/2011, de 5 de septiembre), y en la normativa concordante, sectorial y ambiental.

A la postre, solo el capitán del buque fue finalmente condenado a dos años de prisión, por delito contra el medio ambiente. Tras un largo proceso judicial, el Tribunal Supremo le declaró responsable por la comisión de un delito imprudente contra el medio ambiente en la modalidad agravada de daños catastróficos, en conexión con la grave afectación del medio marino y demás perjuicios provocados a consecuencia del vertido de fuel.

Pero, sobre todo, nació una pregunta que todo opositor debería hacerse:

¿Qué harías tú si todo se hundiera a tu alrededor?

El opositor estudia leyes, reglamentos, decretos, artículos, sentencias. Analiza jurisprudencia, doctrina y principios del Derecho.

Pero lo que realmente entrena es la capacidad de mantener el criterio cuando el entorno colapsa. La capacidad de mantenerse en pie, cuando todo está en ruinas. La capacidad de mantenerse a flote incluso cuando el barco zozobra y se empieza a hundir.

El opositor tiene derecho a caerse, pero también tiene la obligación de levantarse. Además, no todas las caídas son letales. Como se dijo en la popular película francesa La HaineEl Odio (1995), “lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”.

IV. El Prestige como metáfora de la Administración

Cada expediente mal tramitado, cada silencio administrativo, cada decisión inmotivada, cada arbitrariedad, cada error generador de daños al ciudadano, cada automatismo perjudicial, cada decisión injusta, es un mini Prestige. Una pequeña avería que, si nadie asume su responsabilidad, termina partiéndose en dos.

Y cada funcionario —tú, futuro opositor— actúa como un gestor de emergencias silenciosas.  Para el funcionario es un expediente más, pero para el ciudadano es “su” expediente.

Su trabajo no aparecerá en los periódicos.
No habrá cámaras ni titulares.
Pero de su rigor y criterio depende que el barco no se hunda. Y huelga decir que no estamos hablando de barcos.

Eso es justamente el servicio público:

  • No el aplauso, sino la prevención.
  • No el protagonismo, sino la responsabilidad.

Por eso, se debe poner en valor la labor callada, denodada y constante de todos aquellos que con su trabajo diario desde las Administraciones, ponen su granito de arena para que las cosas funcionen un poquito mejor. Aunque a veces no lo parezca, cada uno en su ámbito de responsabilidad es importante.

V. Lo que el Prestige nos enseñó (y las oposiciones también)

El Prestige dejó una serie de lecciones que bien podrían estar junto al temario, acompañando a los principios generales del artículo 103 de nuestra Ley de Leyes:

  • Que la Administración Pública no puede improvisar. El caos y el desorden se evitan con programación, técnica, planificación y control.
  • Que las Administraciones Públicas deben cooperar y coordinarse entre sí. Existen suficientes resortes en las normas, tanto orgánicos como procedimentales, que posibilitan dicha colaboración, a todos los niveles y en todas las circunstancias.
  • Que la responsabilidad pesa más que la jerarquía. El valor no lo da el cargo, sino la reacción y la altura de miras de quienes están llamados a tomar las decisiones que impactan en otros.
  • Que la transparencia no es un eslogan. Es la única forma de que una ciudadanía desafecta confíe o pueda confiar en sus instituciones y en quienes en ellas lealmente servimos.
  • Que el Derecho sirve para proteger, no para justificar. El Derecho Administrativo no nació para encubrir errores, sino para evitarlos y, llegado el caso, corregirlos y reprimirlos.
  • Que la toma de decisiones administrativas debe basarse en criterios técnicos. Evitando así las desgracias que se producen cuando el criterio técnico es brutalmente ignorado. Me viene a la cabeza la tragedia del camping Las Nieves de Biescas, en el verano de 1996, cuando la inaudita decisión de instalar un camping en el cono de deyección de un barranco, sumada a otras circunstancias (lluvias fuertes, crecida extraordinaria, sedimentos acumulados, etc.) costó la vida a 87 personas y dejó heridas a otras 200 personas. Yo era muy pequeño, pero recuerdo las imágenes como si fuera ayer.

Por eso, cuando estudias las relaciones interadministrativas (de colaboración, integración, conflicto y control), los principios de cooperación y coordinación, el principio de responsabilidad, el de eficacia, o repasas el artículo 103 de nuestra más Alta Norma, no estás solamente memorizando cuestiones teóricas, metafísicas o de filosofía del Derecho: estás interiorizando lo que miles de ciudadanos hubiesen querido ver proyectado en aquella fatídica hora en noviembre de 2002, en agosto de 1996 o en tantas otras ocasiones.

VI. Conclusión: que no vuelva a pasar

El Prestige se hundió una vez. El daño causado, en buena medida, irreparable.
La descoordinación, la improvisación y la falta de criterio no deberían hundirse nunca más.

Para eso existen los opositores. Los futuros funcionarios.
Para eso estudias Derecho: procedimiento administrativo, presupuestario, fiscalización, urbanismo, medio ambiente, y tantas otras cosas de un interés público indisputable.

Porque cada artículo que aprendes es un pequeño valladar que se levanta contra el próximo desastre.

El Prestige fue una tragedia.
Que lo vuelva a ser la gestión pública, ya no sería una desgracia: sería negligencia. La gestión pública no puede repetir los errores del pasado. Y evitarlos está en nuestra mano.

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