El 1 de septiembre de 1939 las tropas alemanas cruzaron la frontera de Polonia. A las 4:45 de la madrugada, el acorazado alemán Schleswig-Holstein abrió fuego contra la guarnición polaca de Westerplatte, cerca de Danzig. Aquellos primeros disparos marcaron el inicio de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más devastador de la historia de la humanidad.
A menudo pensamos en la Segunda Guerra Mundial como una sucesión de grandes batallas, desembarcos, bombardeos y campos de concentración. Sin embargo, toda aquella tragedia comenzó con una decisión política concreta: la voluntad de Adolf Hitler de alterar por la fuerza el orden europeo surgido tras la Primera Guerra Mundial.
La Alemania de 1939 era muy distinta de la que había salido derrotada en 1918. Durante los años treinta, el régimen nazi había impulsado un ambicioso programa de rearme, había abandonado las limitaciones impuestas por el Tratado de Versalles y había recuperado territorios perdidos tras la Gran Guerra. Austria había sido anexionada en 1938. Ese mismo año, las potencias europeas aceptaron en Múnich la incorporación de los Sudetes checoslovacos al Reich alemán. Muchos creyeron que aquellas concesiones garantizarían la paz. Se equivocaban.
Hitler interpretó la prudencia de las democracias occidentales como una señal de debilidad. Convencido de que Francia y Reino Unido evitarían cualquier enfrentamiento directo, decidió dar el siguiente paso: la invasión de Polonia.
La operación fue preparada cuidadosamente. Apenas unos días antes, Alemania y la Unión Soviética habían firmado el pacto Ribbentrop-Mólotov, un acuerdo de no agresión que incluía protocolos secretos para repartirse Europa oriental. Polonia quedaba condenada antes incluso de que comenzaran los combates.
El ataque alemán introdujo además una nueva forma de hacer la guerra. Frente a las largas trincheras de la Primera Guerra Mundial, Alemania empleó una estrategia basada en la velocidad, la coordinación y la sorpresa. Tanques, aviación e infantería actuaban conjuntamente para romper las líneas enemigas y avanzar con rapidez. Aquella táctica recibiría posteriormente el nombre de Blitzkrieg o «guerra relámpago».
El ejército polaco luchó con valentía, pero la diferencia de medios era enorme. El 17 de septiembre la Unión Soviética invadió Polonia desde el este. El país quedó atrapado entre dos potencias totalitarias. En pocas semanas la resistencia organizada había sido derrotada y el territorio polaco fue repartido entre Alemania y la URSS.
La invasión provocó la reacción que Hitler no esperaba. El 3 de septiembre de 1939 Reino Unido y Francia declararon la guerra a Alemania. Europa entraba oficialmente en un conflicto que terminaría extendiéndose a todos los continentes.
Durante los seis años siguientes el mundo conocería algunos de los episodios más dramáticos de su historia: la caída de Francia, la batalla de Inglaterra, Pearl Harbor, Stalingrado, Normandía, Hiroshima y el Holocausto. Cuando la guerra terminó en 1945 habían muerto más de sesenta millones de personas.
Por eso el 1 de septiembre de 1939 ocupa un lugar tan importante en la memoria histórica contemporánea. No es simplemente la fecha de una invasión militar. Es el comienzo de una catástrofe global que transformó para siempre la política, el derecho internacional y la propia idea de Europa.
Para un opositor, esta efeméride recuerda una enseñanza sencilla pero profunda. Los grandes acontecimientos históricos rara vez aparecen de la nada. Suelen ser el resultado de errores acumulados, decisiones equivocadas y problemas que durante demasiado tiempo nadie quiso afrontar. La Segunda Guerra Mundial no empezó el 1 de septiembre de 1939. Empezó mucho antes, cuando demasiadas personas pensaron que los problemas desaparecerían por sí solos.
La historia demuestra que ignorar los desafíos nunca los hace desaparecer. Normalmente sólo consigue que se vuelvan más difíciles de resolver.
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