Compararte con otros opositores: el veneno silencioso de la preparación

Siempre estuve de acuerdo con eso de que la comparación es la muerte de la alegría, frase atribuida a Mark Twain -seudónimo del escritor y humorista estadounidense Samuel Langhorne Clemens-. Y cita parecida a la atribuida al Theodore Roosevelt (Teddy, le decían cariñosamente al 26º Presidente de EEUU), al señalar que la comparación es el ladrón de la alegría. Ambas sirven.

Pocas cosas desgastan tanto a un opositor como la comparación constante. Y lo hace de una forma muy particular: sin hacer ruido. No bloquea de golpe, no paraliza como el miedo ni quema como el cansancio extremo. Simplemente va erosionando la confianza, el criterio y la serenidad poco a poco, hasta que el estudio empieza a convertirse en una fuente permanente de insatisfacción.

Lo más perverso es que la comparación suele presentarse como algo razonable. Incluso útil. “Es normal saber cómo van los demás”, se dice. Y sí, bueno, hasta cierto punto. El problema es que en la oposición la comparación rara vez informa; casi siempre distorsiona.

El opositor no se compara para aprender, se compara para juzgarse

Desde la psicología social sabemos que la comparación no es neutra. No comparamos para obtener datos objetivos, sino para ubicarnos emocionalmente. El opositor no pregunta cuántos temas lleva otro para ajustar su plan, sino para responder a una pregunta más incómoda: “¿voy bien o voy mal?”.

El problema es que esa respuesta casi nunca llega limpia. Siempre viene contaminada por inseguridad, expectativas irreales y una lectura parcial de la realidad. Porque el opositor no ve el proceso completo del otro. Ve fragmentos. Y con fragmentos se construyen juicios generalmente parciales y muy injustos.

El sesgo que nadie te explica: solo ves a los que hablan

Uno de los grandes engaños cognitivos del opositor es creer que lo que se oye representa la norma. No es así. En grupos de estudio, foros o redes sociales suelen hablar más:

  • los que van muy adelantados
  • los que exageran
  • o los que necesitan validación constante

El opositor constante, silencioso y eficaz rara vez presume. ¿Sabéis dónde está? Está estudiando.

Así se produce una ilusión muy peligrosa: parece que todo el mundo va mejor que tú. No porque sea cierto, sino porque los que van a su ritmo no hacen ruido.

La comparación destruye el criterio propio

El daño más serio de compararte no es emocional, es estratégico. Cuando el opositor empieza a compararse de forma sistemática, deja de tomar decisiones basadas en su situación real y empieza a reaccionar a estímulos externos.

Cambia de planificación porque otro dice que hace más horas. Introduce temas que no tocaban porque alguien comenta que “son importantes”. Duda de su método no porque falle, sino porque no coincide con el de otros.

Y así, poco a poco, el estudio deja de ser un proceso dirigido y se convierte en una sucesión de correcciones ansiosas.

Compararte no te hace exigente, te vuelve inestable

Existe una falsa idea según la cual compararse es una forma de exigirse más. En realidad, suele producir el efecto contrario. La comparación constante no eleva el nivel; lo vuelve errático.

El opositor exigente ajusta, mide y mejora. El opositor comparativo duda, se dispersa y pierde foco. Confunde exigencia con inquietud permanente. Y esa inquietud no mejora el rendimiento; lo desgasta.

El daño psicológico no es inmediato, es acumulativo

La comparación no hunde en una semana. De hecho, no sería tan lesiva o hundiría menos si lo hiciera de golpe. Lo que hace es acumular pequeñas grietas, casi invisibles, como las vías de un tren a falta del mantenimiento adecuado (acaso esto también nos suene):

  • un día dudas más de lo normal
  • otro te sientes por detrás
  • otro te comparas con alguien que lleva menos tiempo
  • otro piensas que ya deberías estar mejor

Nada parece grave. Hasta que un día estudiar se vuelve pesado no por el temario, sino por la carga mental añadida. Ahí muchos opositores empiezan a pensar que el problema es la oposición. Y no lo es.

La comparación convierte el estudio en una carrera que no existe

La oposición no es una carrera por velocidad. No gana el que antes “va mejor”, sino el que llega entero al examen con el nivel adecuado. Y eso no se puede evaluar comparando semanas sueltas de estudio.

Dos opositores pueden llevar ritmos distintos y llegar al mismo punto. Pueden estudiar cosas diferentes en momentos distintos. Pueden tener estrategias opuestas y ambas ser válidas.

La comparación borra esta realidad y la sustituye por una ficción: la de una clasificación constante que no existe en ningún BOE.

El mayor peligro: cuando empiezas a ocultar información a ti mismo

Hay un momento especialmente tóxico: cuando el opositor ya no se compara para saber, sino para castigarse. Cuando cualquier dato externo se interpreta siempre en contra. Cuando incluso los logros propios se minimizan porque “otros hacen más”.

Ahí la comparación deja de ser externa y se vuelve interna. El opositor se convierte en su juez más severo, usando estándares que no ha elegido conscientemente.

Ese es un punto de inflexión peligroso.

Salir de la comparación no es aislarse, es recuperar perspectiva

No se trata de estudiar en una cueva ni de ignorar toda referencia externa. Se trata de poner límites claros. De entender que la información ajena solo es útil si mejora tus decisiones, no si las enturbia.

El opositor psicológicamente fuerte no es el que más sabe de los demás, sino el que sabe qué le toca a él ahora y lo ejecuta sin ruido.

La oposición no se gana mirando a los lados

Compararte constantemente no te prepara mejor. Te prepara peor. Porque te roba algo fundamental: la serenidad necesaria para sostener un proceso largo

En la oposición no importa quién va delante en octubre o en febrero. Importa quién llega con cabeza en el examen.

Y eso casi nunca coincide con el que más hablaba, más comparaba o más se exhibía.

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