Gracias, Javier. Hay regalos que cuentan una historia.

Hay detalles que hacen ilusión desde el primer momento. Pero hay otros que, además, consiguen transmitir algo mucho más importante: el cariño, la gratitud y el recuerdo de un camino recorrido juntos.

Hace unos días recibí este ejemplar de «Cicerón, el orador», un regalo de Javier que me hizo una ilusión especial. Como apasionado del Derecho, de la Historia y de la comunicación, es difícil imaginar un libro más simbólico.

Porque hablar de Cicerón es hablar de una figura que entendía que el conocimiento, por sí solo, no era suficiente. Había que saber pensar, argumentar y convencer. Y, salvando todas las distancias, eso mismo ocurre en muchas oposiciones.

Estudiar consiste, en una primera fase, en adquirir conocimientos. Pero, conforme avanza la preparación, uno descubre que aprobar exige mucho más. Hay que aprender a estructurar las ideas, a responder con precisión, a mantener la calma bajo presión y a demostrar ante un tribunal todo el trabajo realizado durante meses o incluso años.

La oposición termina convirtiéndose en una auténtica escuela de disciplina intelectual.

Uno aprende a organizar su tiempo, a estudiar con método, a distinguir lo importante de lo accesorio y a desarrollar una capacidad de concentración que probablemente nunca había tenido antes.

Son habilidades que acompañarán al opositor durante toda su vida profesional.

Por eso siempre digo que una oposición no solo cambia el trabajo de una persona.

También cambia a la persona.

La hace más constante.

Más paciente.

Más organizada.

Y, muchas veces, más fuerte de lo que ella misma imaginaba.

Como preparador, tengo la enorme suerte de acompañar ese proceso desde muy cerca. Veo las dudas del principio, los momentos de desánimo, las pequeñas victorias que casi nadie ve y, finalmente, la inmensa satisfacción de conseguir la plaza.

Y cuando un alumno, tiempo después, tiene un detalle como este, uno comprende que la relación no termina el día que se publica una lista de aprobados.

Permanece el recuerdo de todas esas horas compartidas, de las tutorías, de las clases, de las llamadas antes de un examen y de la emoción de alcanzar un objetivo que parecía tan lejano.

Javier, muchísimas gracias por este magnífico regalo.

No solo ocupará un lugar destacado en mi biblioteca, sino que también me recordará que detrás de cada plaza conseguida hay una historia de esfuerzo, de superación y, sobre todo, de personas extraordinarias.

Al final, esa es, sin duda, la mayor recompensa que puede recibir un preparador.

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