Hay regalos que sorprenden por su calidad. Hay otros que emocionan por el cariño con el que han sido elegidos. Y, de vez en cuando, aparece alguno que consigue ambas cosas a la vez. Eso es exactamente lo que sentí cuando Mariluz, Rocío y Andrea me regalaron estos zapatos artesanos. Sinceramente, no me lo esperaba. Fue uno de esos detalles que te dejan unos segundos sin saber muy bien qué decir, porque entiendes que detrás del regalo ha habido tiempo, ilusión y muchas ganas de acertar.
Siempre he pensado que un buen zapato es mucho más que una prenda de vestir. Los zapatos acompañan nuestros pasos. Con ellos acudimos a una entrevista importante, a una conferencia, a una reunión o a una celebración especial. Son testigos silenciosos de muchos momentos importantes de nuestra vida. Quizá por eso me hizo especial ilusión recibir un regalo como este. Porque, inevitablemente, sé que me acompañarán en muchos proyectos que todavía están por llegar.
Además, hay algo que siempre me ha fascinado de la artesanía. Vivimos en una época en la que casi todo se fabrica deprisa, en serie y pensando en producir cada vez más. Sin embargo, un producto artesanal responde a una filosofía completamente distinta. Detrás hay tiempo, paciencia, experiencia y la obsesión por cuidar cada detalle. No se busca terminar cuanto antes; se busca hacer las cosas bien.
Y, curiosamente, esa misma filosofía es la que intento transmitir todos los días en la academia.
Una oposición tampoco admite atajos. Nadie consigue una plaza por acelerar el proceso durante las últimas semanas. Las plazas se construyen igual que se construye un buen trabajo artesanal: dedicando tiempo a cada pequeño detalle. Un tema bien preparado. Un test corregido con calma. Un supuesto práctico revisado una vez más. Un oral repetido hasta que sale perfecto. Son esas pequeñas mejoras, aparentemente insignificantes, las que acaban marcando la diferencia cuando llega el examen.
Después de tantos años preparando opositores, cada vez estoy más convencido de que el éxito no depende únicamente de la inteligencia o de la capacidad de memorizar. Depende, sobre todo, de la constancia y del compromiso con el trabajo bien hecho. Igual que un artesano no entrega una pieza hasta estar satisfecho con el resultado, un buen opositor aprende a no conformarse con un estudio superficial. Repite, corrige, perfecciona y vuelve a empezar las veces que haga falta.
Por eso este regalo tiene un significado especial para mí. No veo únicamente unos zapatos de enorme calidad. Veo el cariño de tres alumnas que un día confiaron en mí para preparar una de las etapas más importantes de su vida y que, después de conseguir su objetivo, decidieron tener este detalle conmigo. Ese gesto dice mucho más que cualquier objeto material.
Mariluz, Rocío y Andrea, quiero daros las gracias de corazón. No solo por este regalazo, sino por haber formado parte de esta aventura. Estoy convencido de que estos zapatos me acompañarán durante muchos años en clases, conferencias, reuniones y nuevos proyectos. Y cada vez que me los ponga recordaré que detrás de ellos hay tres historias de esfuerzo, de constancia y de plazas conseguidas con muchísimo trabajo.
Al final, esa es la verdadera suerte de dedicarse a preparar oposiciones. Las plazas se celebran. Los regalos se disfrutan. Pero las personas que uno conoce durante el camino son, sin ninguna duda, el mayor premio de todos.
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