2 de febrero de 1943: Stalingrado, o el opositor que resiste cuando todo parece perdido

El 2 de febrero de 1943 concluyó una de las carnicerías más brutales que se recuerdan: la batalla de Stalingrado (actual Volgogrado), iniciada en julio de 1942 en el Frente Oriental de la Segunda Guerra Mundial. 

La contienda enfrentó al numeroso y reorganizado Ejército Rojo (de la URSS: Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, o Unión Soviética) con la veterana y temida Wehrmacht (denominación de las Fuerzas Armadas unificadas de la Alemania nacionalsocialista), a la que se sumaron combatientes italianos, croatas, húngaros y rumanos, además de los voluntarios Hiwis (rusos que luchaban por Alemania).

Resultado: más de dos millones de muertos en aquel infierno helado. El 6º Ejército Alemán del general von Paulus, destruido al completo. Otro dato estremecedor del episodio: este enfrentamiento atroz tiene el dudoso honor y el triste título de ser la batalla más brutal jamás librada, en el marco de la guerra más sangrienta de toda la Historia.

Tres implacables Generales contribuyeron al éxito soviético: el Invierno, la Distancia y el Hambre. En efecto, coadyuvaron: temperaturas extremas y material no adaptado a ellas; inmensidad de un territorio que dificultaba avances y comunicaciones; y problemático suministro y abastecimiento -táctica de tierra quemada incluida-, que vaciaba armeros, estómagos y ánimo de las tropas alemanas. 

Mutatis mutandis, en 1812 a Napoleón tampoco le había ido bien en Rusia: tras la violenta batalla de Borodinó al oeste de Moscú (que ganó pero perdió) y el desastre del Berézina (río helado delante y feroces cosacos detrás), el corso que había dominado Europa acabó como el rosario de la aurora, con su Grande Armée masacrada y una retirada más que agónica. 

Durante meses –volvemos ya a orillas del Volga-, el mundo contuvo el aliento mientras alemanes y soviéticos se desgarraban mutuamente en una ciudad que ya no era ciudad. No quedaba piedra sobre piedra -excepción hecha de la célebre Fuente Barmaley, la de las niñas bailando alrededor del cocodrilo y llevada al cine en Enemigo a las Puertas-, no quedaba cuerpo sin maltratar y, sin embargo, seguía habiendo voluntad de seguir luchando. 

stalingrado

El término Rattenkrieg (guerra de ratas), utilizado para ilustrar el combate urbano entre las ruinas humeantes, calle por calle y casa por casa, impidiendo la movilidad a las unidades mecanizadas -en los noventa, los rusos sufrieron un aggiornamiento de la táctica en la Grozni chechena-, es expresivo de la despiadada lucha que allí se vivió. Los que sobrevivieron no olvidaron jamás. El resto del mundo tampoco.

Adolfo Hitler se había empeñado en conquistar Stalingrado a toda costa (el Estado Mayor alemán había previsto una rápida derrota del Ejército Rojo, confiado en los dos millones de hombres que iniciaron la invasión, en sus divisiones Panzer y en la inferioridad técnica de los soviéticos). José Stalin había prohibido a los civiles abandonar la ciudad y a sus soldados retroceder un solo paso (la siniestra “Orden 227”: prohibía cualquier repliegue y preveía la ejecución de quien se retirara). 

En esa lógica suicida de voluntades irreductibles, se escribió una página que cambió el rumbo de la Segunda Guerra Mundial. La ofensiva se convirtió en resistencia y, la resistencia, en derrota. Alemania ya no se recuperaría. Fue el principio del fin.

Pero esta no es solo una historia de tanques, francotiradores y calles convertidas en tumbas. De alguna manera, puede leerse como una historia de resistencia, sin caer en lugares comunes y menos aún en el romanticismo (al cabo, nada romántico hay en un evento histórico en el que millones de seres humanos murieron de manera provocada: en combate, de frío, hambre o por enfermedad vinculada a lo anterior). 

stalingrado

Opositor: tu resistencia es una victoria

El opositor no combate en una trinchera. Tampoco sufrirá hambre extrema ni pasará frío (en algunas bibliotecas, acaso un poco). Pero sí conoce esa sensación de estar al límite, de estudiar cuando todo en el cuerpo y la cabeza pide rendición. Claudicar. 

De esto sí que sabe mucho el opositor. De resistir cuando los demás ya no pueden. De levantarse en las horas más duras, el día más oscuro -el otro día una alumna enterraba a su padre, a pocos días del examen-, para enfrentarse a temarios, fechas y convocatorias adelantadas que se perciben inalcanzables, que se sienten imposibles. 

Stalingrado no es solo una batalla histórica, sino también un símbolo de que incluso en las condiciones más inhumanas, es posible resistir. Y a veces, resistir es vencer.

Obstinada resistencia. Esta es la idea que debería resonar hoy en la cabeza del opositor, verdadero soldado del BOE, combatiente desarmado pero curtido en conquistar y someter leyes y temas, para no terminar como el 6º Ejército Alemán de Paulus: abrumado, rodeado y destruido.

Cada 2 de febrero vuelve el frío, el agotamiento y los miedos que todo opositor alberga en su fuero interno. Pero también vuelve el recuerdo de que, hace ahora 81 años, en medio de la destrucción más absoluta, alguien decidió no rendirse. Y cambió la historia. Vaya que si la cambió.

Y tú, opositor, ¿cambiarás tu propia historia?

Enlaces de interés:

Conoce las oposiciones que preparamos en MPS Oposiciones

Descubre nuestra Formación a la Carta

Curso de Casos Prácticos Grupo A

Síguenos en redes para contenido diario

Muchas gracias por compartir: