Quien haya llegado hasta aquí ya conoce el tono de esta serie: poca épica, poca anestesia y bastante verdad.
Las oposiciones no solo desgastan por lo que exigen, sino por las trampas mentales que van dejando en el camino. Y algunas de las peores no vienen del temario, sino de la cabeza del opositor.
Seguimos.
1. Compararte con otros opositores es correr mirando al espejo.
Pocas cosas desgastan tanto como estudiar pendiente del ritmo ajeno. Uno lleva mejor vuelta, otro canta mejor, otro dice que ya ha cerrado el tercer repaso y otro parece haber nacido subrayando leyes. Pero la oposición no se gana mirando la zancada del de al lado, sino sosteniendo la propia sin romperse. Compararse puede parecer información, pero casi siempre es ruido. El espejo no te acerca a la meta: solo te distrae de la carretera.
2. El perfeccionismo del opositor suele ser una forma elegante de no avanzar.
Hay opositores que no estudian un tema: lo restauran como si fuera una catedral gótica. Cambian el color de los títulos, rehacen esquemas, retocan márgenes, limpian carpetas, vuelven a imprimir el resumen y acaban agotados sin haber consolidado lo importante. El perfeccionismo tiene muy buena fama porque aparenta exigencia, pero muchas veces es simple aplazamiento vestido de virtud. En oposición, mejor un tema suficientemente trabajado que un tema eternamente “en preparación”. La excelencia ayuda; la obsesión decorativa retrasa. Al perfeccionista, como dicen en Argentina, siempre le faltarán cinco [centavos] para el peso.
3. Acumular materiales no es avanzar: es ampliar el trastero.
Llega un momento en que algunos opositores no estudian: almacenan. Guardan PDFs, compran manuales, descargan test, acumulan esquemas, siguen canales, abren carpetas y convierten el escritorio en un museo del entusiasmo improductivo. Tener muchas herramientas da una sensación agradable de control, pero el examen no premia la colección, sino la asimilación. El material útil es el que usas; lo demás es mobiliario académico. El opositor no necesita más fuentes: necesita beber de una.
4. El examen no escucha tu sufrimiento: solo corrige tu precisión.
Esta es una de las verdades más ásperas de la oposición. Da igual cuántos meses llevabas cansado, cuántos fines de semana renunciaste o cuántas veces dijiste que no a planes, viajes o celebraciones. El tribunal no puntúa tu biografía, sino tu rendimiento. Y aunque eso pueda parecer cruel, también tiene algo limpio: devuelve todo al terreno de lo concreto. En el examen no compite quien más padeció, sino quien llega más afilado. La oposición no es injusta por fría; es fría porque mide.
5. Un mal día no suspende una oposición; convertirlo en excusa, sí.
Todos los opositores tienen días torcidos: sueño, desconcentración, irritabilidad, desgana, cabeza espesa. Eso no distingue a nadie. Lo decisivo no es sufrir un mal día, sino qué haces con él después. Hay quien lo deja pasar y vuelve al escritorio al día siguiente, y hay quien lo convierte en relato, en diagnóstico, en semana perdida y en permiso tácito para aflojar. Un mal día es meteorología; una excusa es arquitectura. Lo primero pasa. Lo segundo se queda.
Epílogo
La oposición no solo pone a prueba la memoria o la resistencia. También desenmascara hábitos mentales muy poco heroicos: compararte, adornar demasiado, acumular sin estudiar, dramatizar el esfuerzo o conceder a un mal día más poder del que merece.
Por eso la greguería, cuando acierta, no adorna la realidad: la enfoca. Y el opositor, cuando se reconoce en ella, quizá no sale más cómodo, pero sí un poco más lúcido.
Nos vemos en la próxima entrega: Greguerías del Opositor (VII).
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