En esta serie os vamos a contar una pincelada de la realidad de las oposiciones A1 en España: desmitificar lugares comunes, aclarar sobreentendidos y quemar el humo. Y lo haremos como siempre hacemos: siendo honestos, claros y directos. Pase corto y al pie. Como dicen los modernos, soltando factos. Porque nadie nos ha regalado nada y porque no le debemos nada a nadie.
Las oposiciones A1 son otro mundo
Mucha gente piensa, supongo que, por puro desconocimiento del asunto, que preparar oposiciones A1 consiste: para el opositor, en evacuar temas y, para el preparador, en oírlos. Otros, por intereses puramente comerciales, aseguran que es mejor abordarla tras una previa formación de Grupo C (auxiliares, administrativos), porque, al fin y al cabo, el Grupo A vendría a ser “lo mismo, pero un poquito más”. ¡Cosas veredes, amigo Sancho!
Las peregrinas ideas anteriores (escritas mientras me sujetaba la tripa para no reírme) y otras parecidas o aún peores que dejamos al margen, pueden resultar ligeras, amables o cómodas. Y quizá válidas para ciertos cuerpos y escalas inferiores, donde lo esencial sería transmitir legislación y levantar el andamiaje conceptual a quien empieza desde cero.
Pero, amigos míos, preparar oposiciones A1 (Técnicos Superiores, Habilitados Nacionales, TAG, Letrados, Economistas, Jueces, Inspectores) es otra cosa completamente distinta. Ni mejor, ni peor: he dicho distinta. Como en todo en la vida: hay quien juega a las damas, otros al ajedrez.
Las oposiciones A1 tendrían aquí mucho más de ajedrez que de damas, tanto en su dificultad y exigencias, como en la necesaria estrategia de ejecución. Si alguien pretendiera osadamente equipararlas, sería probablemente porque nunca jugó a las damas, y mucho menos al ajedrez.
En definitiva: son muy diferentes, así para el opositor como para el preparador. De verdad, sin pretensiones de ningún género. Sin pontificar en absoluto, que no en vano ya tenemos bastantes gurús, moralistas y opocatedráticos tan dados a confundir la pizarra con el púlpito, el BOE con el dogma y la Verdad en mayúsculas con su opinión personal.
De verdad: las oposiciones A1 son otra cosa. No son otra liga: son otro deporte.
Otro ecosistema.
Otra disciplina.
Otro nivel de exigencia.
Otro mundo.
El único camino es el camino largo: sin atajos, sin red, sin milagros
En las oposiciones A1 no hay trucos, no hay red y no hay atajos. No hay forma humanamente posible de improvisar.
No hay camino corto. El único camino es el largo.
Las oposiciones pueden convertirse en un tormento, en un camino de sufrimiento (si bien yo intento que, para mis alumnos, aprender Derecho administrativo sea más una experiencia que no un castigo), porque creedme que se sufre. Todos hemos sufrido en mayor o menor medida. Quien no ha sufrido nunca es, pura y simplemente, porque no ha opositado a cuerpos y escalas superiores.
Muchos son los llamados, y pocos los escogidos
Otro gran punto diferencial es el número de plazas, tan sumamente reducido en las oposiciones A1 (justo será reconocer que también son menos masivas en aspirantes, dado que se presentan muchos menos): cuando te enfrentas a convocatorias de 5, 10 o 20 plazas, la tendencia natural es a pensar que una no será para ti. Que son muy pocas y habrá cinco tipos mejores que tú. Siempre vemos la hierba más verde en el jardín del vecino. No es así: habrá una plaza A1 para ti, pero solo si te la mereces.
Tendrás que tener en cuenta que muchos irán a tu oposición, pero muy pocos se coronarán sobre ella. De ti depende si eres o no uno de ellos. Retomando el pasaje bíblico:
«Porque muchos son llamados, y pocos los escogidos.»
(Mateo 22:14).
Mi experiencia personal: la ecuación real de las oposiciones A1
Cuando yo oposité, ya había estudiado Derecho (carrera terminada en tres años), Informática, y Ciencias Políticas y de la Administración (a la par que ejercía de Abogado).
Llevaba a mis espaldas, pues, varios años de intenso ejercicio letrado, negociando contratos y dándome de tortas en las cuatro jurisdicciones por los Juzgados y Tribunales de toda España. Digamos que, con esa especie de mili civil ya cumplida, tenía las espaldas anchas. O eso pensaba.
Enfundado en mi traje, mis amigos me consideraban una mezcla entre Harvey Specter (por el aspecto) y Sheldon Cooper (por mi natural simpatía, imagino). Cabrones…
Cuando empecé a opositar, los Letrados del Gobierno de Aragón que a la postre me prepararían, me dieron casi sin pretenderlo la primera gran lección de las oposiciones y me enseñaron lo que yo mismo bauticé como la ecuación definitiva de las oposiciones A1, y que os revelaré enseguida. Dejadme generar un poco de hype. Aguantad ahí.
Les expuse mi historia con una mezcla de orgullo y gravedad, incluso con cierta suficiencia, que ahora supongo propia de la edad. Sin embargo, mi brillante exposición de méritos no generó el impacto que yo esperaba. De hecho, diría que apenas generó ninguno. Su afilada respuesta fue, literalmente:
—“Bien… ¿y qué nos quieres decir con eso?”
¡Boom! ¿Sabéis estas frases lapidarias que, disparadas a tu cara, te hunden momentáneamente en la miseria? Pues una de esas.
Solo que en mi caso estaba más acostumbrado a decirlas que a escucharlas. El cazador cazado. Desarmado. Inerte e inerme ante un zasca de proporciones bíblicas.
Al principio, no daba crédito. Pero enseguida pensé:
“Estos son los preparadores que quiero y que necesito. No se cortan ni con cuchillo”.
Viendo ellos mi tenaz insistencia (así somos en Aragón), y comprobando que no iba a salir fácilmente de aquel despacho sin que me ficharan como nuevo cachorro, sentenciaron:
—“Mira, Miguel, por muy bueno que seas, la ecuación es esta: 9-6-4”.
—“¿Nueve, seis, cuatro? ¿Podéis ser más específicos?”, espeté.
—“Te lo traduzco: nueve horas diarias, seis días a la semana, cuatro años. ¿Lo entiendes ahora?”
—“Lo haré en dos años”, respondí desafiante.
—“No lo harás”, contestaron con una sonrisa condescendiente, casi paternal.
Y tenían razón: no lo hice en dos años, sino en uno.
Me saqué dos oposiciones al Grupo A en un año, a los ocho meses, y a los doce. Fui número uno de promoción. Y lo hice mientras trabajaba de Abogado. Otro día os contaré cómo vivir durmiendo poco o en modo Batman, y los riesgos que comporta para la salud, que no son ninguna broma.
Pero volvamos a lo importante, a la moraleja, a la enseñanza de aquel día:
Todavía se lo agradezco. Sus advertencias sobre la exigencia del proceso no solo no consiguieron desanimarme (llegué a pensar que ese era su objetivo): muy al contrario, me impulsaron, me inspiraron, me obligaron a superarme, a empujar mis propios límites. Me hicieron volar. Literalmente. Cada día me comía los temas como si me fuera la vida en ello.
Veréis, mis preparadores no eran el malo de la pantalla final, ni mucho menos. Ellos solo eran un par de hombres buenos que, desde la lucidez y el criterio que solo da la experiencia, trataron de hacer ver a un chaval motivado e hiperventilado que esto no va de ser un genio ni el listo de la clase: las oposiciones A1 premian la fe y la constancia como ninguna otra cosa.
La importancia de los buenos mentores
¡Qué importante es tener buenos mentores! Personas que hayan pasado por el tamiz de las oposiciones y que, desde sus vivencias y conocimientos, te ayuden a cada paso, pero al mismo tiempo te pongan en tu sitio cuando piensas que lo sabes todo. Que te suban si te vienes abajo, y que te bajen si te subes de más. Banderas y barbilla en alto, pero los pies en el suelo. El ánimo en el justo medio de la virtud aristotélica; el preparador como fiel de la balanza emocional.
Ese es el verdadero papel de tu preparador, de tu mentor, de quien lealmente te acompaña y te mejora porque sabe más que tú y porque quiere lo mejor para ti.
Si parafraseamos a Isaac Newton:
«Lo que sabemos es una gota; lo que ignoramos, es el océano.»
Recogiendo el guante newtoniano, yo, por aquel entonces, vivía metafóricamente en el Atlántico Norte, directo al impacto. La única diferencia entre Edward John Smith y yo fue que, en vez de asustarme y girar ante el iceberg, lo afronté —lo enfronté, si me permitís la licencia— y lo dinamité. Superé el accidentado proceso y llegué a buen puerto, al mejor puerto posible: una plaza A1 en propiedad.
Cuando una persona está determinada a lograr algo, nada ni nadie —y digo nadie— puede impedirlo. Solo tienes que convencerte de ello. Si lo crees, lo creas. Y no habrá obstáculo que no puedas remover en el trazado del camino. No habrá iceberg que hunda tu determinación.
La carrera universitaria no garantiza el éxito en oposiciones A1
Como acabáis de ver, mis preparadores no quedaron demasiado impactados por mis méritos universitarios. No es que no los valorasen, que puede que sí: simplemente no eran determinantes a los fines del caso. Y el caso no era otro que preparar oposiciones A1.
Podría contaros mil y una historias de viejos compañeros, alumnos brillantes en la Facultad de Derecho pero que no consiguieron plaza en los Altos Cuerpos del Estado (Inspectores de Hacienda, Registradores, Notarios, Abogados del Estado, Jueces…).
Con la misma intensidad, por el lado contrario, podría exponer ejemplos de antiguos compañeros de carrera, no tan brillantes, pero muy constantes (muy hormiguitas), que sí que lo consiguieron. ¿Se va entendiendo el punto? Me alegro.
Ilustrémoslo con un ejemplo cinematográfico.
En la inmortal película Hombres de Honor, el Jefe Mayor Billy Sunday, instructor de Buzos de la Marina (deliciosamente interpretado por Robert de Niro), lo expresa de una manera parecida a uno de sus reclutas, que había sido capitán del equipo de natación y campeón estatal. Lo tira al agua, lastrado con un peso y le obliga a no soltarlo, so pena de suspenderle el curso. Casi se ahoga. Mientras tanto, el Jefe Mayor advierte al resto de la tropa:
«La natación no se parece una mie*da a la inmersión en alta mar.»
Desde mis modestos conocimientos marinos y sobre inmersión, no parece que, dentro del agua, nadar y arrastrar un traje de 100 kilos, sean una y la misma cosa.
Esa misma idea subyace en la relación entre Universidad y Oposiciones A1. Desde luego que es mejor haber tenido un buen desempeño universitario (cuánta más base y sólido bagaje tengas, tanto mejor), pero que nadie se vaya a creer que eso garantizará el éxito o la plaza en las oposiciones A1. De ninguna manera.
Excelencia sostenida en el tiempo: lo que realmente premia una oposición A1
Quien haya pasado por una oposición A1 lo sabe: estos procesos no premian solo la resistencia; premian la excelencia sostenida en el tiempo. Resulta de todo punto excepcional la exigencia necesaria para superar oposiciones A1.
En justa correspondencia, el acompañamiento que reclama ese camino también es excepcional. Opositor y preparador deben remar juntos y coordinados pues, si la meta es compartida, también deben serlo los esfuerzos dirigidos a conquistarla.
Lo que viene ahora…
Esta serie precisamente va sobre eso: sobre la cara oculta, la parte que no suele contarse, el reto de embarcarse en oposiciones A1 —tanto para el opositor como para el preparador que lo acompaña—. Esperamos que sirva siquiera levemente de ayuda y motivación a quienes estáis embarcados en la preparación de oposiciones.
Continuará…
Seguiremos en la Parte 2: El reto de preparar oposiciones A1: lo que nadie cuenta (parte 2)
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