Hay una regla no escrita que he aprendido con los años: nunca digas delante de tus alumnos que necesitas algo.
Hace un tiempo comenté en clase, casi de pasada, que llevaba años con el mismo maletín. Estaba ya bastante castigado, tenía mil viajes encima, empezaba a pedir la jubilación… pero me daba una pereza enorme ponerme a buscar otro. Lo dije como quien comenta que algún día tiene que cambiar una bombilla. Sin más.
Error.
Cristina tomó buena nota… y apareció con este auténtico maletín. Así, sin avisar.
Tengo que reconocer que me hizo muchísima gracia. Mientras yo llevaba meses aplazando la compra porque «ya lo haré otro día», ella resolvió el problema en cuestión de días. Hay gente que no solo detecta una necesidad, sino que además actúa. Y eso tiene muchísimo mérito.
Ahora ya no tengo excusa. El viejo maletín se ha ganado un retiro más que digno después de acompañarme durante miles de clases, tutorías, exámenes, reuniones y kilómetros. Le tenía cariño, pero creo que ha encontrado un sucesor bastante difícil de superar.
Además, hay algo simbólico en un maletín. Es el compañero silencioso de cualquier profesional. En él viajan apuntes, expedientes, libros, proyectos, ideas y, muchas veces, horas de trabajo que nadie ve. Estoy convencido de que este me acompañará durante muchos años y en muchísimas aventuras nuevas.
Cristina, muchísimas gracias por este detallazo. Prometo darle muchísimo uso… aunque la próxima vez tendré más cuidado con lo que digo en clase. Porque visto lo visto, cualquier comentario puede acabar convirtiéndose en un regalo.
¡Un abrazo enorme y gracias de corazón!
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